Manifiesto electoral personal: Por qué votaré por AMLO



Los comicios presidenciales en México se acercan y, para más de uno, las opciones electorales siguen mostrándose deficientes.

Ningún candidato se salva a ser expuesto por cualquier ojo mínimamente crítico e informado, y todos, a final de cuentas, defienden intereses de partido en un país donde los partidos políticos, sin excepción, son un asco.

Ante este panorama, el voto, más que ser un medio para manifestar lo que queremos, puede convertirse en una herramienta para hacer patente qué es lo que en verdad repudiamos.

Así pues, mi voto lo decidí bajo estos términos: descartando los escenarios que más rechazo, dejando en claro qué es lo que no quiero.

Y yo no quiero al PRI, el partido de la dictadura perfecta, y su candidato ignorante y populista, que justifica, sin despeinarse, la violenta represión en Atenco y omite las cifras de pobreza y feminicidios que dejó su gobierno. Que se impone en el escenario político derrochando en televisoras cínicas y se deslinda, cada que le conviene, del sistema corrupto que lo sostiene y las figuras que lo encumbraron. 

No quiero al PAN, el partido de la guerra fallida, y su candidata que presume su paso por Desarrollo Social en un sexenio que generó 15 millones de pobres o su paso por SEP en una administración que no significó peligro alguno a “su amiga” Elba Esther. Una candidata que se dice “diferente” pero que no puede justificarlo porque en realidad representa la continuidad calderonista, que divide entre narcos “malos” y gobierno “bueno” para legitimarse, al tiempo que encubre a funcionarios corruptos en un ABC de la impunidad más insultante.

No quiero al PANAL, el partido del oportunismo vitalicio, y su candidato que defiende tras la máscara de un liberalismo moderno al más retrógrado sistema político, al capitalismo salvaje que pone a la explotación laboral china como proyecto económico utópico y a una lideresa sindical corrupta que ha empantanado la política educativa en México.

No quiero al abstencionismo, pues representa esa apatía que tanto ha hundido al país, ni al voto nulo, porque, a pesar de representar una manifestación válida contra la partidocracia mexicana, en las presentes condiciones, solo alisa el camino al copete puntero. Como lo dijo ya la antropóloga Marta Lamas: “Si la izquierda anula y la derecha vota, ¿qué país nos espera?”

Y, en último lugar, tampoco quiero al PRD, el partido del fracaso progresista, que da lugar a corruptos y oportunistas, como Bejarano y Bartlett, que genera Juanitos y reparte puestos y cotos de poder según influencias y palancas.

¿Y qué hay de su candidato? De AMLO me interesa la mayor parte de su gabinete (Ebrard en Segob, De la Fuente en SEP, Cárdenas en Pemex) y coincido con la crítica que hace a las élites política y hacendatariamente privilegiadas, a la indignante desigualdad social y a Televisa.

Sin embargo, no sigo su discurso moralista y amoroso, con obvias connotaciones religiosas y conservadoras, y rechazo por populista su propuesta de someter a plebiscito la despenalización del aborto y el derecho al matrimonio homosexual, cuando estas son defensas fundamentales de cualquier agenda social de izquierda.

Pero el voto a AMLO, con todo y sus insuficiencias, ofrece la posibilidad de frustrar aún peores escenarios posibles, principalmente el regreso del PRI a la presidencia, y eso, en las actuales condiciones, es una enorme ventaja.

La administración perredista puede ser, no me cabe duda, un fracaso político más en la historia de México. Pero prefiero arriesgar esta opción a dejar que gane el voto ingenuo o cínico que cree que el regreso del PRI traerá un mejor gobierno o, aún peor, que roba pero deja robar.

Votaré por AMLO y, si gana, vigilaré su función pública de cerca, criticaré sin concesiones sus errores, exigiré que su administración esté a la altura de un presidente de izquierda. Porque votar no es un acto ciego de fe ni una decisión fanática, como si un partido político fuera un equipo de futbol al que “se le va”. Un votante que no puede ver críticamente al candidato que elige es un votante irresponsable. 

Votaré por AMLO esperando que así pierda lo peor del priismo, que ahora tenemos en las preferencias electorales. Podríamos imaginar una situación donde las opciones para dejar en claro nuestro rechazo al PRI sean más variadas y convincentes, donde haya otros candidatos más cercanos a la visión de gobierno que deseamos, pero tal ejercicio de imaginación es estéril y evasivo. Los números están ahí, indicándonos que hay un candidato va alejándose del tercer puesto y acercándose al puntero; es decir, que puede remontar las predicciones.

Entonces, incluso a pesar de mis diferencias con su partido y algunas de sus posturas, mi voto a AMLO como voto útil.

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