Consejos prácticos de un ateo a la Iglesia católica

La Iglesia católica como institución social está en crisis. Un católico, sabiéndome ateo, me preguntó qué consejos le daría a la Iglesia. Escribo este texto en respuesta.
Comenzaré aclarando que mi enfoque, obviamente, no es teológico sino meramente pragmático. Me interesa abordar problemas que tienen que ver con cómo la Iglesia funciona como institución, es decir, problemas administrativos que, de no cambiarse, deteriorarán aún más su funcionamiento social.

Primero: integrar el matrimonio y la sexualidad al clero.
Los documentos históricos demuestran que la instauración del celibato y la castidad en el clero tuvo un origen económico, pues pretendía evitar que las propiedades de un clérigo fueran heredadas a las esposas o hijos.
Además, hay que arrancar de raíz el vínculo entre celibato, castidad y pedofilia. Para alguien con conflictos psicosexuales “resulta atractivo volverte parte de una institución que te obliga a ser célibe”, como afirma Klaus Beier, director del Instituto de Sexología y Medicina Sexual en Berlín. Asimismo, el aferramiento a un erotismo negado puede despertar o aumentar en esta persona una atracción por los niños, en otras palabras: por quienes, como ellos, no manifiestan un erotismo plenamente desarrollado.

Segundo: ordenar mujeres y permitirles cubrir cualquier rango jerárquico de la Iglesia, incluso el papado.
No solo en las escrituras (las citas abundan) sino en el desarrollo histórico de la Iglesia se ha relegado a la mujer a la sumisión y el silencio. La Iglesia tiene que reivindicar a la mujer después de siglos de subyugarla y definirla (la mujer como “tentación”, “bruja” y demás epítetos neuróticos) desde un autoritarismo patriarcal intransigente. Es tiempo ya de que la toma de decisiones se abra íntegramente al pensamiento femenino.

Tercero: permitir uniones homosexuales.
La Iglesia argumenta que el matrimonio homosexual es contra natura. Sin embargo, el matrimonio religioso mismo es una creación humana, cultural, no un producto de la naturaleza. Por ende, si así lo desea, la persona homosexual debe tener derecho a acceder a este patrimonio cultural-religioso tanto como cualquier otro humano.

Por último: eliminar la confesión.
El sujeto religioso lleva implícito el poder de “volver a ligarse” (significado de re-ligión) con una energía superior (Dios, alguna divinidad o un estado superior de conciencia). En el cristianismo, este potencial del sujeto se realiza cuando Dios perdona sus pecados.
Pero la Iglesia católica se apropió de este poder implícito entre el creyente y Dios mediante la institucionalización de la confesión como sacramento obligatorio. La confesión, pues, fue un sistema de poder social que intervino en la re-ligión y creó, convenientemente, dependencia hacia la institución.
Además, en confesión, el sacerdote no hace el rol de un psicólogo, como regularmente se afirma. El psicólogo hace que el sujeto reconozca y acepte las verdaderas motivaciones de sus acciones, no da consejos, mucho menos receta penitencias.

La Iglesia es un ente histórico, es decir, cambia con el tiempo. Ahora tiene que darse cuenta que siguen transformaciones claves para dejar atrás lastres y avanzar en relación a sus propios prejuicios.

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