Ayer me enteré que un comandante en un pueblo de Jalisco al que le decían el Pato anduvo provocando con inventos a un matón que se llamaba León para que se peleara con un tío abuelo mío cuyo nombre era Jesús. El Pato no solo causó que León asesinara por la espalda a Jesús sino también que amenazara a muerte a sus hermanos, otros tíos abuelos míos, quienes decidieron huir al norte.

Uno de ellos vivió un tiempo en Tijuana (antes de cruzar a Estados Unidos con los papeles de ciudadanía de otro hermano, haciéndose pasar por este luego de que falleciera). Fue por esta razón que mi abuela escogió mudarse a Tijuana, con su hermano, cuando se separó de mi abuelo y se llevó consigo a varios de sus hijos, mis tíos.

Mi padre vivió su adolescencia con mi abuelo en Aguascalientes. Luego, de adulto, se mudó con mi abuela y tíos a Tijuana pensando en cruzarse eventualmente a vivir a Estados Unidos, pero decidió comerciar con ropa americana que llevaba al centro del país y joyas del centro que traía al norte. Así, cuando mi padre y mi madre se casaron, el negocio los ancló a estas tierras fronterizas.

En resumidas cuentas, se podría decir que soy de Tijuana por las mentiras de Pato, el asesinato de Jesús, las amenazas de León, la posibilidad latente del Sueño Americano y otros sucesos más que vinieron. Bifurcaciones, concatenaciones y ensamblajes que, sin ser siempre conscientes o individuales, dan forma a las condiciones de posibilidad que habitamos.

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