El cine tijuanense es impensable sin la influencia de Todos los viernes son santos (1996), de Héctor Villanueva. Se dice comúnmente que es el primer largometraje de ficción en Tijuana. ¿Y si se desempolvara un estreno anterior para volver "historiográficamente" incorrecta la afirmación? Poco importaría: la afirmación es históricamente verdadera. La película tiene, como ninguna otra, ese estatus mítico de tótem fundador del cine en la ciudad. Es como si hubiera condensado un conjunto de potencias estéticas que lo mejor de la tradición audiovisual tijuanense ha sabido retomar y expandir. Dentro el "canon" audiovisual de la ciudad, todas las películas son "santificadas" por ella. A veces me gusta imaginar, como hipótesis aleatoria, que Todos los viernes son santos es una película virtual que inició hace treinta años y sigue manifestándose a través de las mejores producciones de cine y video en Tijuana.
Lo cual no deja de sorprender por una sencilla razón: no es fácil de conseguir. Por décadas circuló entre cassettes y DVDs piratas. "Autopiratas", incluso. Pues cuántos podemos decir que vimos una copia "quemada" y regalada por el propio Héctor. (Yo se la pedí sin conocerlo por allá del 2009 en La Casa de la 9, al finalizar una retrospectiva de cortos de Bola 8, colectivo que Héctor cofundó en los noventa*, y al día siguiente, afuera de un Calimax, me dio en un DVD con "TVSS | VHS | 1996" escrito en sharpie rojo.) Se trata de una milagrosa circulación que, a pesar de lo hiperunderground, ha dejado una influencia transgeneracional evidente.
La película presenta un falso reportaje sobre una serie de asesinatos que ocurren cada viernes en la ficticia ciudad de Torrecitas, "el sexto municipio de Baja California". Se trata de una urbe döppelganger que recrea, bajo su disfraz figurativo, las relaciones sociales que en ese entonces daban forma a Tijuana (con guiños al resto del estado): las maquiladoras transnacionales, los turistas norteamericanos, los dólares cotidianos, los discursos mediáticos, la comunidad estudiantil y cultural, etcétera. Sin embargo, la película no solo es espejo que reflejó el presente de la ciudad fronteriza, sino también bola de cristal que entrevió su futuro, como la violencia sistemática y la paranoia social que generó. Incluso se habla de "la muerte del japonés", un empresario maquilador asesinado uno de los viernes fatales, como después ocurrirá con la muerte de Celso Nishikawa en 2008, ampliamente cubierta por los medios en el pico de la mal llamada Guerra contra el Narco. El carácter predictivo de la película es otro de sus milagros.
Estas premoniciones son señales de que Todos los viernes son santos es una película que le pertenece al porvenir. También así lo evidencia su sentido del humor. No solo su ironía no mengua, sino que incluso parece que el tiempo hace más efectiva su sátira. Por eso este viernes 23 de octubre celebraremos las pasadas tres décadas y las muchas más que vienen de Todos los viernes son santos. Se proyectará la película a las 6 pm en el Teatro Rubén Vizcaíno Valencia, en la UABC, donde se estrenó hace treinta años, y después tendremos un conversatorio con Héctor Villanueva, además de los comentarios de Javier Hernández Quezada y Diego Hernández. Estaré de moderador en la mesa y ustedes, espero, de público en las butacas. Ahí nos vemos.
(* Debo aclarar que el colectivo Bola 8, que menciono en mi texto, fue cofundado colectivamente. Lo integraron —según las fuentes que he consultado— Héctor Villanueva, Salvador Ricalde, Mauricio Ramos, Salvador Vázquez, Octavio Castellanos, Juan José Aboytia, Karla Martínez, Ricardo Moreno, René Gardner y Gonzalo González. Después se sumarían: Sergio Brown, Omar Foglio, Iliana Jiménez, José Luis Martín, Itzel Martínez, Iván Díaz y Julio Álvarez.)






