Zócalo / Tijuana


El Zócalo es uno de los ejemplos más claros de la función ideológica del espacio urbano. Fue a través de esta plaza pública que la Nueva España articuló la vinculación política entre Estado e Iglesia como “sintaxis” urbana, construyendo a su alrededor la Catedral y el Palacio del Virrey (después Palacio Nacional). Así pues, el Virreinato dejó ver, a través de esta estructura urbana, la nueva condición política hegemónica.

Para imponer en el centro urbano los intereses colonialistas, los españoles, como es bien sabido, reemplazaron las edificaciones autóctonas por las virreinales. El mundo material de la antigua Tenochtitlán se ocultó bajo las nuevas construcciones durante siglos, como es el caso del Templo Mayor, como forma de dominación urbano-ideológica del mundo colonial. Por eso actualmente es inevitable percibir en el Zócalo lo que Milton Santos llama “rugosidades” espaciales, es decir, las impresiones o huellas de épocas pasadas en el espacio. Aunque aquí dichas rugosidades tengan la forma de una cicatriz histórica, la costra de una herida profunda.


En este sentido, parece interesante el intento de cierto sector político-empresarial de instaurar un “Zócalo” en la ciudad de Tijuana, con la misma estructura sintáctica Iglesia-Estado (uniendo al Palacio Municipal con una Catedral en construcción). La lógica de este proyecto es, por supuesto, ideológica. El gobierno reafirma en lo urbano su legitimidad política, la Iglesia católica gana poder espacial en una ciudad con cada vez más desertores del catolicismo (principalmente para unirse a congregaciones evangélicas) y el sector empresarial gestiona espacios de poder capital.

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